Por: Armando Duarte Moller

Para junio de este año se tiene programada la celebración de la llamada “Cumbre de las Américas” en su 9ª. Edición. La ciudad escogida para este encuentro entre Jefes de Estado y de Gobierno de los países de América, es la ciudad de los Ángeles en el estado norteamericano de California. La decisión de realizarla ahí parece ser un mensaje a Latinoamérica; Los Ángeles es la ciudad norteamericana con la mayor población de origen latinoamericano, y pareciera pues que el mensaje es hacer patente el interés del gobierno de Estados Unidos bajo la presidencia de Joe Biden, de acercarse a esta región del continente.

Es necesario reflexionar, si es el caso, acerca de los propósitos de ese hipotético acercamiento de la potencia hegemónica a América Latina para determinar sus posibilidades y desafíos. La Cumbre de las Américas es un evento que se realiza bajo los auspicios de la OEA, circunstancia que destaca dado el desprestigio que esta organización continental ha alcanzado en las últimas décadas. Es del dominio público que este organismo ha venido desempeñando el triste papel de testaferro de los intereses hegemónicos de Estados Unidos en la región y ha sido punta de lanza en contra de aquellos gobiernos que se han atrevido a desafiarlos. Este hecho es más que suficiente para inferir que esta cumbre buscaría enfilar las cosas hacia un reposicionamiento de Estados Unidos en Latinoamérica bajo la premisa de subordinar al subcontinente a sus proyectos geopolíticos.

Pero por si no fuera suficiente, habría que decir que la primera Cumbre de las Américas, que se realizó en 1994 en Miami, Florida, tuvo como propósito preparar el terreno para hacer posible el proyecto llamado entonces Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), el cual apuntaba hacia la integración económica y comercial de las Américas bajo la batuta del imperio norteamericano. Era un proyecto de grandes pretensiones políticas y económicas orientado a hacer realidad la máxima de la Doctrina Monroe: “América para los americanos”, es decir, para los gringos.

Esta cumbre se realizó en un momento histórico en que la hegemonía norteamericana parecía no tener oponente ante el colapso del bloque socialista y en el que el sentido común de la humanidad estaba siendo absorbido por la ideología neoliberal.  Era el momento en que América Latina dejaba atrás las ignominiosas dictaduras militares y transitaba hacia gobiernos presuntamente democráticos bajo el programa neoliberal que se abría paso impetuosamente.

Estos hechos dejan claro que la Cumbre de las Américas fue una iniciativa para consolidar la dominación del imperio del norte sobre el continente entero. Sin embargo, sus propósitos se vieron frustrados una década después. En la 4ª. Cumbre realizada en 2005 en Mar del Plata, Argentina, el ALCA fue derrotado en toda la línea, echando por tierra las pretensiones imperiales. En este hecho jugaron un papel protagónico los presidentes de Venezuela, de Argentina y Brasil, Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Ignacio Lula da Silva, respectivamente, quienes habían llegado al poder democráticamente encabezando la rebelión de sus pueblos contra la rapacería neoliberal.

Los tiempos posteriores a esta cumbre coincidieron con la intensificación del intervencionismo norteamericano en la región para desestabilizar a los gobiernos progresistas de América Latina y propiciar su caída en busca de una recomposición del tablero favorable al proyecto geopolítico del imperio. Es el periodo de las guerras de 4ª generación, la de los golpes blandos, la de la guerra legal, la del descarado activismo de la OEA como testaferro del imperialismo, la del grupo de Lima y la de la vergonzosa política exterior de los gobiernos neoliberales de México, tanto del PAN como del PRI.

Fue en estos tiempos en los que la recomposición buscada por los gobiernos de Estados Unidos parecía obtener éxito: Macri, Bolsonaro, Áñez, Kuczynski-Fujimori, Uribe, Piñera, Moreno, Calderón-Peña Nieto y otros dieron cuerpo al proyecto imperialista para las Américas no obstante la heroica resistencia de los pueblos de Cuba y Venezuela. Hasta que los pueblos de Latinoamérica se lanzaron a la contraofensiva e inclinaron de nueva cuenta las cosas en contra del neoliberalismo. Hoy por hoy, América Latina se encuentra en un renovado proceso progresista y antineoliberal que choca frontalmente con los intereses del gigante del norte. Fernández, Boric, Castillo, Arce, Castro, Díaz-Canel, Maduro y, desde luego, López Obrador, son los nuevos protagonistas en el nuevo tablero latinoamericano, a los que muy probablemente se sumen pronto Lula da Silva y Petro.

Esta nueva configuración de la situación latinoamericana abre nuevas posibilidades para acuerdos de integración a nivel regional y continental. Entre las propuestas destaca sin duda la planteada por el Presidente de México consistente en una integración continental de, efectivamente, todas las Américas, no solo de las ubicadas al sur del Río Bravo, la cual choca con la propuesta norteamericana de buscar una integración excluyendo a determinados países por razones geopolíticas. La del Gobierno de México es una propuesta disruptiva, que en otras circunstancias sonaría solo a buenos deseos sin posibilidad alguna de realización. Pero hoy, la circunstancia regional, como se ha señalado, está en proceso de cambio y coincide con una coyuntura mundial caracterizada por la declinación de la hegemonía norteamericana. Esta declinación se expresa en que la economía de Estados Unidos hace tiempo que dejó de ser el motor de la economía mundial, en que hoy, China es el principal socio comercial de la mayoría de los países del mundo y su economía está a nada de superar en tamaño a la de Estados Unidos, en que el llamado G7, el grupo de las economías más grandes del mundo está cambiando a pasos acelerados y se estima que para 2050 Estados Unidos perderá en ese grupo a todos sus aliados quedando aislado.

Este hecho obliga a Estados Unidos a acercarse al resto de América para contar con posibilidades de enfrentar con éxito la emergencia de nuevos centros de poder económico y político, particularmente en Asia, dadas las enormes riquezas naturales que posee América Latina y que le resultan imprescindibles a Estados Unidos para relanzar su economía. Este acercamiento tiene dos opciones: o hacerlo bajo las viejas premisas de la dominación imperialista o hacerlo bajo nuevas condiciones y acorde con la nueva realidad emergente en América latina y el Caribe. Desde luego podría decirse que la primera opción es la que predomina en los círculos de poder en Estados Unidos y que, en consecuencia, es el camino más probable que seguirá el imperio, pero también es mucho muy probable que esta vía, ante el renacimiento del progresismo latinoamericano, lleve a la confrontación de Estados Unidos con América Latina y el Caribe, aislándolo en su propia zona de influencia y debilitándolo aún más frente a las potencias que hoy desafían su declinante hegemonía. Este proceso de declinación se agudizaría y podría implicar para Estados Unidos una crisis de grandes proporciones con la consecuente convulsión social.  

La segunda alternativa, que es la que ha propuesto con audacia López Obrador, le abriría las puertas a una integración democrática, nada que ver con el ALCA, que podría convertir a toda América en una gran potencia económica y en una región de desarrollo y bienestar incluyente, donde todos los países, incluido Estados Unidos, saldrían ganando. Pero claro, ello implicaría que Estados Unidos reformulase su política exterior hacia las Américas a partir del respeto a la soberanía de los pueblos, del abandono de cualquier pretensión de dominación y de imposición de un único modelo de organización social. Suena a fantasía, pero objetivamente es el único camino que le queda para enfrentar los retos que esta época le plantea.

Es por ello que se entiende la postura del Gobierno de México de hacer un llamado para que no se excluya a ninguna nación de la próxima Cumbre de las Américas. Es un llamado a la cordura, a que se aproveche una de esas raras ocasiones en la historia en las que es posible dar un golpe de timón y enderezar la proa hacia un nuevo destino, dada la convergencia de un conjunto de acontecimientos históricos a nivel mundial. Pero al mismo tiempo es una advertencia, la cual se expresa en la decisión de no asistir a la Cumbre si se persiste en la idea de excluir, por razones geopolíticas, a determinados países: si Estados Unidos no acepta la propuesta, la Cumbre de las Américas será, recordando la novela de Emily Brontë, otra “Cumbre Borrascosa” más y Latinoamérica quedará en libertad de buscar por su cuenta el camino hacia la democracia y la prosperidad.

Armando Duarte Moller, Consejero Estatal de Morena en Baja California.

Doctor en Estudios de Desarrollo Global, Sociólogo y académico universitario.
Coordinador Distrital del Partido Morena en Ensenada.
Consejero Estatal de Morena en Baja California.

Twitter: @MollerDuarte

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